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Ernesto Ottone: Promesas y sensatez

ottoneLas últimas previsiones del Fondo Monetario Internacional siguen a la baja. Para este año la economía mundial crecerá 3,3%; la zona euro, 1,5%; Estados Unidos, 2,5%, y América Latina, apenas 0,5%. Puras malas noticias para la economía chilena, una economía abierta a la economía mundial.

No es de afuera que vendrá un impulso, es muy improbable que el cobre tenga un salto milagroso de precio, démonos con una piedra en el pecho si lo mantiene.

Todo indica que se requiere un gran esfuerzo ya no para alcanzar las cifras que acariciábamos el año pasado, sino para mantenernos con suerte arriba del 2% de crecimiento anual.

Si no nos esforzamos al máximo, las cifras de desempleo que hasta ahora han aumentado parsimoniosamente podrían comenzar a subir con otro ritmo.

Lo malo es que todo ello se debe hacer en momentos en que el apoyo al gobierno es bajísimo, los niveles de confianza están por el suelo, al igual que el prestigio de los políticos y la política, y terminada la Copa América, el show ha regresado a los tribunales.

Hemos vivido ocasiones en las que la economía ha atravesado malos momentos, pero una buena dirección política permitió sobrevivir sus avatares y recuperar fuerzas.

Desgraciadamente, no ha sido hasta ahora lo sucedido.

Frente a esta situación, ¿cuál es el deber de quienes en democracia el pueblo ha colocado en la dirección de la cosa pública?

Pueden pensarse varios caminos, pero todos implican enmendar rumbos, revisar las promesas realizadas y la forma en que ellas han sido puestas en práctica.

Lo que no se podía seguir haciendo era repetir robóticamente que se cumpliría todo lo prometido, como si todo marchara sobre ruedas. Pensar que la corrida tendría lugar aún cuando resultaba evidente que no había toro, ni arena, ni torero.

Tampoco era posible seguir haciéndose el distraído, y como dice el polaco Goyeneche en el bello tango Naranjo en Flor, “andar sin pensamiento”.

Ha hecho bien el gobierno, entonces, en comenzar a establecer por fin prioridades, a entender que los cambios en democracia tienen una cierta temporalidad y dar así los primeros pasos para abandonar la porfía voluntarista y negadora de la realidad.

Se deben revisar, entonces, las promesas y el programa, sobre todo cuando algunas de las primeras fueron temerarias y el segundo estaba construido con poca obra gruesa y carecía de terminaciones. Revisar el camino recorrido no significa ni oportunismo ni transformismo.

Significa poner en práctica ni más ni menos la famosa máxima weberiana de combinar la ética de las convicciones con la ética de la responsabilidad, que es lo básico que se le puede pedir a un responsable político.

Aferrarse a la fórmula propuesta aunque esta no funcione, enamorarse de sus ideas con pasión incontrolada aun cuando ellas prueben tener buenos titulares pero poco texto no es propio de quienes tienen la responsabilidad de los asuntos públicos, al menos en democracia.

Eso responde más bien a la actitud de las “almas bellas”, sobre las cuales Hegel, hace ya tiempo, nos alertaba. Esas almas “con el afán de mantener la pureza de los principios en su máxima universalidad o en su pura intencionalidad, terminan renunciado a la acción o mostrando desapego y desinterés por los modos en que la universalidad se puede materializar o encarnar”.

Las almas bellas pueden ser aceptables y hasta virtuosas en la academia. Cuando actúan en política son un desastre.

Revisar las promesas no es un retroceso, muchas veces resulta un avance.

El caso histórico más importante y exitoso, a mi juicio, es el sueco.

El discurso con el cual el Partido Socialdemócrata sueco ganó las elecciones del año 1932 fue el de prometer una gran expansión pública para enfrentar la crisis, la acción que desarrolló una vez en el gobierno fue muy moderada en esta materia, en cambio fue muy audaz en política al llegar a acuerdos con el muy moderado partido agrario y fue muy innovador en políticas sociales.

No hicieron todo lo que prometieron, hicieron algo mucho mejor y se ganaron la confianza de los suecos por decenas de años.

Conducir un país no es tratar de responder de manera desordenada a las demandas de cada grupo corporativo. Es necesario considerar esas demandas, pero colocarlas en una visión más general que considere las prioridades del país en su conjunto.

Si ello no se hace se termina alentando una democracia corporativa que es la degradación de la democracia.

A estas alturas está claro que si bien las reformas propuestas eran necesarias, su formulación era aproximativa y su gradualidad mal calculada.

Por ello, está muy bien de hablar de realismo sin renuncia, pero sobre todo sin renuncia al realismo.

Continúo pensando que la gratuidad de la educación superior cuando sobrepasa el noveno decil comienza a ser regresiva, menos regresiva naturalmente cuando se tiene una carga tributaria europea y un ingreso muy superior y mejor distribuido.

Pero no creo que esa sea la discusión actual. Tomando en cuenta los problemas de financiamiento que enfrentamos, sería como discutir el sexo de los ángeles, algo inútil e inexistente.

Preocupémonos de avanzar en una gratuidad progresiva para alcanzar el 60 o el 70% y que se haga de la manera lo más justa posible, combinándose con exigencias de calidad y reglas claras en los establecimientos que la pondrán en práctica.

El primer corte respecto de la gratuidad ha sido malito, ojalá que no traiga cola y comience una nueva temporada de cantinfleo.

Pongamos el acento en mejorar la carrera docente sin ceder a los intereses, sumamente interesados de las corporaciones que rechazan en los hechos, bajos nobles argumentos la certificación y evaluaciones reales y quisieran que existan sólo evaluaciones “blandas” que nos llevarán a un pacto de mediocridad.

Todos queremos profesores mejor retribuidos, pero también notoriamente mejores, capaces de asegurar a los chilenos de hoy y mañana una mejor educación.

Pensemos bien cómo se reemplazará la municipalización, no vaya a ser que vivamos otro rifirrafe, al que se sumen nuevos gladiadores.

Pero, sobre todo, ordenemos las prioridades del gobierno de acuerdo a las necesidades actuales. Sin duda, la primera prioridad es reganar la confianza y el respeto a la acción gubernamental, nada más importante para ello que poner en el centro la agenda de probidad. Ello sigue sin notarse.

Chile necesita hoy, sobre todo, un gobierno que haga las cosas bien, desde la seguridad ciudadana hasta la mejora de la economía y que prosiga con sensatez en el camino reformador hacia una mayor igualdad.

Sólo así se retomará el camino de progreso y las cosas positivas realizadas en la actual administración en diversos aspectos importantes, desde el cambio electoral a la unión civil, adquirirán su verdadera significación y no pasarán desapercibidas bajo la oscura neblina del pesimismo.

Ojalá venga el anunciado segundo tiempo, un nuevo respiro que nos haga llegar a puerto, un puerto seguro y alcanzable, con una navegación más serena que evite de capitán a marinero la sensación de agobio, los vahídos permanentes y el desfallecimiento.

En el nuevo comité político hay capacidades y experiencia, todos esperamos que se traduzcan en sabiduría, autoridad e iniciativa que reemplacen el actual vacío melan- cólico.

Las dificultades se han sincerado, que venga ahora la acción.

Fuente: Diario La Tercera, 19 de julio de 2015

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